Critica “Una quinta portuguesa” (España/ Portugal 2025).
Duración 109 minutos
La segunda obra de la directora y guionista española Avelina Prat es una película que se enmarca en una tendencia del cine español en la que los escenarios rurales ganan lugar frente a una urbe que parece perdida en el fragor de los movimientos migratorios regionales. Con un ritmo pausado y una atmósfera bucólica, la historia se va adentrando en la intimidad de personajes rotos que proyectan hacia el futuro la posibilidad de encontrar su lugar en el mundo. El amor, el progreso o la vida apacible de un pequeño pueblo portugués son algunos de los ideales que, en este thriller psicológico, funcionan como motor para conducirnos por una experiencia sensible.
El filme está centrado en la vida de Fernando, un hombre maduro y docente universitario apasionado por la geografía. Tras la misteriosa desaparición de su esposa, una inmigrante serbia, decide emprender un viaje a Portugal sin fecha de regreso. Así arriba a un pueblo costero, fuera de temporada, donde va a conocer a un personaje etéreo que, sin quererlo, y por fuerza del azar (o del destino), va a conducirlo a la quinta de Amalia: un lugar idílico que parece sostenerse por la sola fuerza del amor. Fernando, rebautizado Manuel, entrará rápidamente en la dinámica familiar de la finca y, a pesar de las mentiras, la falta de idioma o el desconocimiento absoluto del oficio, va a ser acogido como empleado por la gracia y la virtud de Amalia, una mujer culta y de extraña belleza, nacida y criada en una de las colonias portuguesas en África.
La relación entre Amalia y Manuel (ex Fernando) va creciendo al tiempo que este va interiorizándose en el mundo rural. Su nueva vida sosegada transcurre con un apacible y soñoliento letargo. Sin embargo, con astucia, Avelina le da al guion otra vuelta de tuerca inesperada, cuando el protagonista se ve obligado a volver a Madrid a confrontar con su pasado, mientras que Amalia, estoica y sabia, espera en la quinta a que regrese del viaje, porque, en sus propias palabras, “a los fantasmas hay que atenderlos”. En las peripecias de Fernando en Madrid es donde la historia muestra su mejor cara. La película toma dinamismo y por un instante creemos que esa atmósfera extraña va a encontrar finalmente su lugar fantástico y ambiguo, o bien va a desembocar en un final trágico. Lo novedoso es que la directora no solo no arriesga ninguno de esos dos caminos, sino que, por el contrario, decide cerrar todas las historias dándole a cada personaje de la película su justa cuota de bondad, independientemente de la posición social que ocupe, el sexo, la nacionalidad o cualquier otro matiz que ostenten. De esta manera, logra un final donde todas las posibles tensiones se disuelven, sin explorar la angustia que conllevan, dejando a los espectadores tranquilos y realizados. Un cierre conmovedor, digno de las novelas de Jane Austin.
En conclusión, Una quinta portuguesa es una obra de un optimismo dislocado y desafiante, que descubre el rostro impoluto de una Europa que intenta conservar en sus habitantes nobles y blancos, la grandeza imperial de antaño, sin dejar de lado la victimización y la nostalgia de un brillo utópico.
